lunes, 27 de julio de 2009

VITRAL DE SAN FORTUNATO


Vitral de San Fortunato Mártir, patrono de pescadores
y navegantes del pueblo de Camogli (cerca de Genova).
Según el santoral su fiesta se celebra el 15 de diciembre.


A TODOS LOS FORTUNATOS Y FORTUNATAS DEL MUNDO

Santo sabía que era
pero no que habían tantos
santos Fortunatos.
Setenta cuenta la historia
entre mujeres y varones.
La mayoría fueron
mártires de los primeros
siglos del cristianismo,
otros perseguidos
ferozmente en el medioevo
y albores del renacimiento.
Es la pura verdad,
a menos que los libros
sagrados cuenten cuentos.


De las hembras veneradas
todas las Fortunatas
fueron mártires inmoladas
en hogueras candentes
y a garrote vil bajo
vendavales y lodazales
por lo impíos holgazanes
de la cristiandad,
a quienes no les gustaba
rezar el rosario y mucho menos
ir a la iglesia los domingos,
pero si embriagarse,
blasfemar y jugar bingo
en la sucia cantina
que había junto al mar.


Entre todos los santos
crucificados por los romanos,
fariseos y judíos malsanos,
sólo se recuerdan
a los Fortunatos
y Fortunatas, no porque
eran más santos
que los demás, sino
porque eran muchos
y su nombre más común
que los Josés y Marías
o una arepa de chicharrón
y una birra bien fría.


Aunque su nombre
proceda del latín fortunatus,
que en buen cristiano
significa afortunado,
de donde deriva Fortuna,
que a su vez viene de fors,
que quiere decir fuerte
y también sors y sorte,
de donde proviene suerte,
a los pobres y mancillados
Fortunatos y Fortunatas
de la era post Jesús,
la Diosa Fortuna, divinidad
pagana de la suerte y la felicidad
adorada por romanos y libertinos,
en vez de ayudarlos y liberarlos
de tan cruel destino,
hizo parrilla con su carne
y asado con sus intestinos.
Y sólo por decir que Dios
existía en el cielo y que había
enviado a la Tierra a Jesucristo,
su amado y unigénito hijo,
para conducir a la salvación
al rebaño perdido y redimir
los pecados del mundo
para así estar todos
felices cual lombrices
en el paraíso celestial.
¡Qué bárbaros e ignorantes
los malvados romanos!


Entre los mártires
más mártires y escarnecidos
de los buenos Fortunatos
estuvo el obispo
de Fanum Fortunae,
una población llamada
en ese entonces El Templo
de la Fortuna, hoy
rebautizado como Fano,
a orillas de ese mar
brillante, hermoso y adorado
llamado Adriático.
En un principio
a este desventurado
San Fortunato
le brilló oro y fortuna,
porque para quitarse
de encima sus lamentos,
el Papa que gobernaba
la Iglesia en esos momentos,
le autorizó vender reliquias
y vasos sagrados del culto
a fin de proveerse
de buen dinerito y joyas
para pagar por el rescate
de piadosos frailes cautivos
por príncipes insanos
y obesos villanos,
mal llamados
Señores Feudales.
Aunque al poco tiempo
el también fue sometido
y recluido en torre infiel,
pero no de marfil sino de hiel,
donde atormentado
y confundido murió también.


No hace poco,
si consideramos que el
tiempo humano es apenas
fracciones de segundos
en relación al tiempo cósmico,
en el siglo XVI, un héroe
de novela de caballería
llamado Fortunato, fue el único
realmente afortunado
de su época, pues tenía
una bolsa de dinero que nunca
se vaciaba por más que sacase
de su fondo monedas de oro,
petrodólares, brillantes, diademas
y todo lo que se le antojase.
Por si fuese poco,
ese afortunado Fortunato
poseía un Gorro de Deseos
que le otorgaba el don
de la ubicuidad. O sea
que podía estar en muchos
lugares al mismo tiempo, pero…
siempre hay un pero, tanto
en la vida real como en las historias,
no era santo y mucho menos cura.


Y ya que de italianos se trata,
no podía faltar entre ellos
un San Fortunato Trovador.
De esos cantantes y poetas de antes,
muy melodiosos y entonados,
que nada tienen que ver
con esos raperos que andan
por doquier y que de sólo
escucharlos se me revuelve
el estómago como cola de cascabel.


Aunque pobre y macilento,
ese San Fortunato Trovador
nació en la Venecia de ensueño
de los tiempos de oro y oropel.
De holgazán o bohemio
no tenía un ápice,
pero como había que comer,
con laud en mano y un crucifijo
prendido del cuello, comenzó
a recorrer toda Italia cantando,
componiendo versos y poemas
sin tema o destinatario,
aunque fuese dentro de un burdel,
una iglesia o la casa de San Miguel.
Curado de una grave ceguera
por San Martín, decidió
aventurarse a Tours, en Francia,
de donde provenía su santo
bienhechor y curador.
De allí, siempre con su laud
terciado en hombros y bien
dispuesto a una tonadilla,
y a comerse una buena tortilla,
tomó a pie, sin armadura,
pero con buena cara dura,
el polvoriento camino a Poitiers
para venerar las reliquias
del místico San Hilario,
donde arrepentido
de sus aventuras y juergas,
entró en tan honda crisis espiritual
que puso de un plumazo
fin a sus andanzas
de trovador y cantante.
La ex reina Radegunda,
que era muy tremebunda,
se conmovió de su alma
errante y cobijó en palacio real
para que se convirtiese
en el limosnero de su monasterio
donde escribió los venerados
Escritos Perdurables,
en los que narra vida santos
y compone dulces
y espirituales poemas.
Diez mil, más o menos,
de sus rimas perdurarán
hasta el fin de los tiempos,
así como los himnos más
hermosos de la liturgia,
como el Vexilla Regis
y el Pangue Lengua.
Aunque murió siendo
Obispo de Poitiers,
eso ya nadie lo recuerda,
porque San Fortunato, El trovador
pasó a la historia sacra
por ser buen poeta, melodioso
cantante y digno compositor.


Lo voy a dejar hasta aquí,
porque si cuento lo que les pasó,
dónde y por qué a los otros
¡sesenta y ocho! San Fortunatos,
estas pequeñas y no tan santas
líneas batirían record mundial
de versos y aburrimiento,
por lo que he decidido
hacerme la señal de la cruz
y rezarle a los San Fortunatos
que iluminaron mi mente
a fin de que no siguiese
escribiendo estos versos
que me pueden,
de un momento a otro,
convertir en demente.

II

Aunque les había prometido
a todos los santos Fortunatos
y Fortunatas no seguir
contando historias viejas
de santos y no santos,
a mis ya cansados oídos
llegó una historia muy
singular, que no por eso
voy a contar, sino porque
en lucha sin cuartel
el Santo Fortunato Mártir,
que así se llama este otro
de los setenta que andan
rodando por ahí, desplazó,
en un abrir y cerrar de ojos,
al apenas arribar a puerto,
a nada menos y nada más
que a San Pedro,
con su manojos de llaves,
y a San Pablo con sus libros,
del altar donde se encontraban
muy sentaditos y cómodos
desde hace tiempo,
para tomar muy circunspecto
y orondo posición en ese lugar.
Todo sucedió en la Iglesia
de Santa María Assunta,
en Camogli, un puerto cercano
a Genova, de donde era
el bribón y navegante
Cristóbal Colón, el mismo
que descubrió a la América
casi entera creyendo
que a la India estaba llegando,
pero no nadando sino
en Las Tres Carabelas navegando.


Y es que San Fortunato Mártir,
no podía ser más afortunado,
aunque murió por ser cristiano,
romano y muy buen ser humano.
Abandonados en una catacumba
de Roma sus restos estaban tirados
y si no hubiese sido por el cura Pellegrini,
párroco del poblado de Camogli
y confesor del Papa Clemente XI,
allí se hubiesen quedado
por toda la larga y perpetua eternidad.
Pero el inquieto párroco, presionado
hasta la saciedad por los pescadores
de Camogli, quienes le reclamaban
un santo que les protegiese de huracanes
y vendavales y les proveyese buena pesca,
corrió hacia su Papa amigo
y presto le exigió un santo bendito…
pero que fuese rapidito sino
los pescadores se lo iban a comer frito.

Fue entonces como al Santo Padre
se le iluminó la coronilla y fue corriendo
a la capilla, donde se acordó que tirado
en una maloliente buhardilla del Vaticano
estaba un buen soldado romano
que fue muerto en el Circo inhumano
junto a otros cristianos
por estar creyendo que Jesucristo
era mejor y más grande
que el Emperador Justiniano.
Y así, de un soplido desesperado,
que más sonaba a flatulencia rancia
que a bondad de alma, nació un santo
divino que pronto todos llamarían
San Fortunato Mártir, porque cuando
los pescadores embarcaron sus despojos
en nave gris y derruida para llevarlo
desde Roma a su ciudad natal,
sucedió algo fatal pero muy real.
Nubarrones negros teñidos de rabia
cobijaron todo el largo y ancho mar.
Rayos y centellas partían el cielo
en mil pedazos con estruendo mortuorio.
El viento sonaba la tonada de Lucifer
y las olas eran tan grandes y furiosas
que parecían rasgar el cielo con sus uñas.
El endeble barco y los aterrados
pescadores parecían fantasmas
atrapados en los recovecos
del averno más abismal.
Tan furiosa fue la tormenta
que hasta granizo de roca cayó
sobre la preciosa y pulida urna,
pero el esqueleto del infeliz romano,
siquiera se movió, ni el maquillaje
que le mandó a poner el Papa, se corrió.
Temiendo lo peor, los marinos
comenzaron a orar por sus vidas
y pedirle a la preciosa carga
que llevaban con ellos un milagro.
¡Y el milagro se dio!... De pronto,
como por arte de magia, tormenta
y peligro cesaron en un santiamén.
Nadie resulto herido, la carga divina
y la galera estaban intactas,
por lo que marinos y pescadores
decidieron pronto ponerle un nombre
a su santo, porque nombre no tenía
aquel santo que les había
regalado con espanto el Vaticano.
Y ya que por fortuna, y también de chiripa,
habían salido ilesos de aquel terrible temporal,
todos al unísono decidieron bautizar
al muerto ancestral que llevaban
con ellos como San Fortunato, Mártir,
patrono de navegantes y pescadores.
Y así, colorín, colorado nació otro santo
de los setenta afortunados Fortunatos,
y, lo mejor de todo y para todos,
es que este cuento se ha acabado.
Pasó por un zapatito roto y la próxima
semana les contaré otro… ¡Ilusos!...



P/D: Aunque realmente
más que por fortuna
los pobres pescadores
se salvaron de chiripa,
optaron por ponerle
San Fortunato
a su preciado santo
porque San Chiripa,
sonaba muy mal
en ese entonces
y también ahora.
¿No lo creen?...